3.4.09

Alfonsín, empleado del mes

Por José Natanson (publicado en Página 12 el 3 de abril de 2009)

Como el Empleado del Mes de McDonald’s, el Personaje de los Medios sonríe desde su foto congelada. A menudo es una personalidad internacional (Gandhi, el más mencionado por las reinas de la belleza), puede ser un artista (digamos Mercedes Sosa) y a veces hasta un escritor politizado (típicamente Ernesto Sabato). Entre todos sus records, Raúl Alfonsín se lleva también el de ser el primer político argentino de primer nivel convertido, por magia catódica, en un Personaje de los Medios.

El Personaje de los Medios es esférico: ni una sola arista amenazante, ni un solo ángulo escondedor ni un doblez oculta segundas intenciones. Y si el Personaje de los Medios no es infalible como el Papa, sus desvíos se atribuyen a equivocaciones siempre bienintencionadas. Vive en un mundo desprovisto de conflictos, donde las buenas soluciones se encuentran en base al diálogo y el consenso, un mundo sin poder ni intereses.

Alfonsín, el Personaje de los Medios, hizo cosas extraordinarias sin pelearse nunca con nadie. Fue silbado en la Sociedad Rural porque previamente había consensuado su política agropecuaria; sufrió 13 paros generales porque había logrado concertar con el peronismo su modelo económico; le dijo “llorón” a Saúl Ubaldini porque lo quería, y tuvo que soportar una corrida financiera porque los banqueros creían en la democracia. La Iglesia aceptó de buen grado la Ley de Divorcio, el peronismo no le tumbó la Ley Mucci por un voto y hubo tres levantamientos carapintadas porque no destrató a los militares (en esta particular versión de Alfonsín, se ha llegado a decir que juzgó a los militares pero dialogando siempre con ellos).

Y para que esta breve columna no se convierta en un panegírico, digamos también que Alfonsín no impulsó las leyes de obediencia debida y punto final para salvar a su gobierno sino para salvar a la democracia, no cedió en sus convicciones cuando invitó a un representante de la vieja corporación sindical a formar parte de su gabinete y no habilitó la reelección de Menem para reposicionarse internamente ni para sellar el bipartidismo mediante módicas concesiones (el tercer senador por la minoría), sino para evitar una Constitución aún peor que la que finalmente se sancionó. Alfonsín era tan querido que no tuvo que resignarse a que Fernando de la Rúa (al que, por supuesto, siempre admiró) fuera el candidato presidencial de la Alianza, y el amor popular era tal que no perdió con Eduardo Duhalde la elección de senadores del 2001.

La apropiación de las figuras históricas es una operación política clásica y hasta legítima para dotar de cierta densidad a las ideas del presente. Desde un Néstor Kirchner que quiere conectar con la memoria del primer peronismo a un Hugo Chávez que resignifica a Bolívar en clave izquierdista (ha llegado a decir que El Libertador no fue comunista porque no le dieron los tiempos). No hay que escandalizarse ante los intentos de apropiación de la figura de Alfonsín que recorren los sets de televisión, pero asombra la liviandad con la que incluso sus protagonistas recuerdan momentos que fueron muy duros y conflictivos. Cada uno tiene el Alfonsín que quiere y sólo el tiempo dirá qué Alfonsín se merece.

2.4.09

Alfonsín: la consagración a la política


Raúl Alfonsín, el militante tenaz, el político apasionado, el primer presidente tras la dictadura. El recuerdo de un hombre respetado y discutido que dejó su marca en la etapa democrática que se iniciaba en el ’83. (Nota publicada en Página 12 el 1 de abril de 2009)

Por Mario Wainfeld


Fue jefe de una tenaz minoría progresista dentro del radicalismo durante añares. Tuvo digna conducta contra la dictadura y rayó alta su presencia en la APDH. Fue congruente con ese pasado cuando llegó a la Casa Rosada. Ganó la mayoría en la UCR y la presidencia en campañas inolvidables, bañado en multitudes. Recuperó el verbo político, se colocó a la vanguardia en la lucha por los derechos humanos, poniendo en el banquillo a las cúpulas militares. Se hizo centro de la política durante un buen trienio, sus adversarios debieron replicarlo para hacerse competitivos. Dos récords se lleva: le cupo ser el primero que batió al peronismo en elecciones presidenciales libres y más tarde el primer mandatario democrático que entregó la banda a un dirigente de otro partido. Acaso como nadie llenó la Plaza dos veces con muchedumbres multipartidarias, en ambas ocasiones las defraudó. Exaltó la democracia con palabras inolvidables, también consagró las “Felices Pascuas”. Cedió ante los carapintadas, firmó las leyes de la impunidad. Coqueteó con la hegemonía, concertó el Pacto de Olivos y la Alianza. Prometió un sistema durable y eficiente, terminó envuelto en la hiperinflación y la anomia. Amaneció peleando contra las corporaciones, más adelante transó con ellas, sin mayor fortuna. La gestión del Estado no fue su fuerte, un síndrome radical: para peor le cayeron tiempos difíciles. Llevó a su partido, la novia de sus ojos, más alto que nunca y acompañó la mayor caída de su historia.

La mera enumeración previa, que se tratará de ampliar y hacer más cartesiana en las líneas que siguen, habla de un personaje de primer rango, en las maduras y en las verdes. No sería serio, ni justo ni interesante pretender describirlo en cuatro palabras o en un título.

- - -

De la primavera al Plan Austral: La campaña del ’83 y su desembarco en el gobierno resultaron sus horas más gloriosas. Sintonizó las ansias de una sociedad herida, encerrada y privada de libertades básicas. Orador formidable y fogoso, enunció las menciones necesarias: la exaltación de la vida, la promesa “con la democracia se come, se educa, se cura”, el reproche a todo tipo de autoritarismo. La ilusión se palpaba en las calles: afiliaciones masivas, concentraciones de decenas o cientos de miles de argentinos esperanzados. Construyó su triunfo interpelando a una mayoría social amplia, ganó hasta en la provincia de Buenos Aires, fue plebiscitado.

Conservó el impulso triunfal hasta fines del ’85, redondeando. Se quiso comer la cancha, plasmar y conducir un tercer movimiento histórico, superador del justicialismo y del radicalismo. “Por cien años más”, coreaban sus partidarios. La reforma constitucional, el traslado de la Capital a Viedma eran parte de esos sueños fundacionales que se fueron diluyendo cuando encontraron resistencia, fuera y dentro de su coalición inicial.

En el primer tramo, dispuso la investigación de la Conadep y el Juicio a las Juntas. Su propósito inicial –que los tribunales militares juzgaran a los represores– fue desbaratado por la solidaridad entre los uniformados. Todavía duraba la buena estrella: ese error de diagnóstico ayudó a que la Cámara Federal tramitara esa causa ejemplar, un hito imborrable.

En su arrebato inicial quiso reformar el régimen sindical, mediante la llamada ley Mucci. Le fue un búmeran, perdió apenas la votación en el Senado y consiguió la reconstitución del peronismo cerrado en defensa de la CGT. Una digresión breve: es tentador buscar un paralelo con lo sucedido décadas después con las retenciones móviles.

A medida que rodaba la gestión de gobierno se fue percibiendo la insuficiencia (si no la pobreza) de su diagnóstico sobre la coyuntura y sus eventuales soluciones. No bastaba el ímpetu democrático para relanzar la economía y abrir las ventanas de las fábricas. El peso de la deuda externa, el ancla del déficit, los cambios estructurales fueron subestimados en campaña y en los pininos de su mandato. Tampoco había noción del fin de un ciclo económico, que (simplificando mucho) corrió entre 1945 y el Rodrigazo de 1975. La pesadilla de la dictadura acaso camufló el final de un modelo que no se podía regenerar, en promedio estimado por radicales, peronistas y desarrollistas. Esa perspectiva angostada no era exclusiva de Alfonsín, de lejos el primus inter pares: era una carencia común de la clase política, frizada largo tiempo, lanzada al ruedo de sopetón por la catástrofe de Malvinas.

Su primer elenco de gobierno fue tropezando con un universo que no entendía del todo. Alfonsín, igualmente, mantenía el centro del ring. Confrontaba con las corporaciones, discutía de cuerpo presente con los que lo rebatían: se encaramó a un púlpito para regañar a un cura, lo refutó a Ronald Reagan en el corazón del imperio. Con el índice en ristre, ceñudo e implacable, reivindicaba ser la izquierda posible. Había que ver lo que decía el establishment sobre él, en aquel olvidado entonces.

La economía se le pialaba, la inflación galopaba. El peronismo renovador se hacía cargo de su innovación republicana, era su victoria pero le restaba originalidad. Saúl Ubaldini empezaba a ocupar las calles. Hubo un cambio de elenco, los compañeros de siempre relevados por técnicos más jóvenes y sintonizados con la época. La narrativa fundacional y ambiciosa, la utopía progresista, fue derivando a un relato “modernizador”. La gobernabilidad, entendida como la limitación de las demandas sociales, ganó terreno. Comenzó a definirse a los reclamos como eventuales desestabilizadores: la democracia se podía poner en riesgo si abundaban los reclamos acerca de cómo se comía, educaba o curaba. Cual un disyuntor que podía saltar si se agregaba mucho voltaje.

Dos años antes de la cita más evocada, en abril de 1985, Alfonsín llamó a una movilización para alertar contra un posible golpe. Fue esa una de las Plazas más colmadas y multicolores de la que se tiene memoria. Un arco político asombroso por lo vasto lo bancó. Nada comentó él del golpe, anunció (y pidió anuencia para) la “economía de guerra”, la defraudación fue grande pero todavía no rompió el hechizo. No fue un golpe de knock out, pero sí una premonición.

El consabido plan de estabilización, el Austral, contó con apoyo sensible de la población y obró los clásicos efectos inmediatos de esos programas. Se frenó en seco la inflación, lo que pareció dar sentido a la nueva moneda. La UCR revalidó en las elecciones parlamentarias de ese año, un canto de cisne inadvertido.

- - -

En caída: Su prospecto de democracia fincaba en la civilidad y los partidos, las corporaciones eran su bestia negra. Contra la Iglesia Católica, mantuvo la lid bastante tiempo: le torcieron el brazo en el Congreso Pedagógico, por mayor organización y militancia. Pero primó sobre el oscurantismo católico cuando promovió y logró la sanción de la Ley de Divorcio, un paso enorme en la secularización y modernización de la sociedad civil.

En su fatal ’87, viró su relación con las corporaciones económicas: no había podido vencerlas, las sumó a su gobierno. Los “capitanes de la industria” lograron puestos dominantes, la cúpula rancia de la CGT se quedó con el Ministerio de Trabajo. Fue un retroceso a pura pérdida: melló su capital simbólico sin compensación pragmática alguna.

En ese devenir, llegó Semana Santa. Otra vez congregó una asistencia masiva, fiel, con decenas de miles de espontáneos, de todo pelaje. Tenía a toda la sociedad y al peronismo remozado a su vera, cedió ante las demandas de los militares amotinados. Una doble duda será perenne. La más obvia, es si estaba forzado a rendirse: su entorno y él mismo siempre porfiaron que sí, que evitaron un mal mayor, que salvaron al sistema democrático. No fue ésa la lectura preponderante, ni la de este diario. Otro interrogante, quizá más táctico pero enorme, es por qué eligió, amén de retroceder, engañar a la multitud que lo vitoreaba y le ponía el cuerpo. Cuatro años atrás estaba un paso por delante del conjunto de la sociedad, el punto óptimo para un líder popular. En las Felices Pascuas, decepcionó.

Jamás se le perdonó el “doble discurso”. La sociedad era, todavía, exigente, menos vencida que en el futuro inminente. Carlos Menem podría, más adelante, confesar que había roto el contrato electoral y ser reelegido.

El discurrir de la economía no lo ayudaba, el peronismo renovador le dio una paliza en las elecciones de 1987. Los años siguientes fueron tremendos, en caída libre. El gobierno se fue amoldando, sin logros palpables, a los dictados de los organismos internacionales de crédito. El contexto internacional no ayudaba, los precios de las materias primas rozaban el piso.

El gobierno perdió identidad, acechado por la malaria, la inflación y la pérdida general de rumbo. Eduardo Angeloz, un competidor interno que no le gustaba ni medio, fue el candidato. Se adelantaron los comicios para ver si se mejoraba el score, Carlos Menem ganó por goleada. Entre la anomia, los saqueos y la hiperinflación fue forzoso adelantar la entrega del mando y dejarle las manos libres para dictar las arrasadoras leyes de Reforma del Estado y de Emergencia económica. No es cuestión de quitarle responsabilidad a ese presidente y a la sociedad que lo acompañó pero el declive del alfonsinismo les hizo el campo orégano.

- - -

Un lugar en el mundo: La política exterior sigue siendo uno de sus buenos legados, en la línea de la autonomía defendida por los gobiernos nacional-populares. Argentina fue eje de una firme presencia regional en la normalización democrática de Nicaragua. Alfonsín cortó de un tajo las veleidades belicistas de militares y dirigentes argentinos dirimiendo los conflictos territoriales con Chile. Sometió a consulta popular no vinculante el tratado por el canal de Beagle, goleó a los falaces nacionalistas o dinosaurios que le hicieron frente.

Puso el cimiento del Mercosur, un proyecto inacabado y formidable, típico del último cuarto de siglo, un giro a favor de la unidad de la región.

- - -

Compañeros y correligionarios: Creyó llevarse puesto al peronismo, cuya capacidad de reconversión y adaptación le fue torciendo la mano. Desistió de su afán hegemonista e innovador y se acomodó al rol de consocio del bipartidismo. Una de las tareas comunes era ocluir el surgimiento de terceras fuerzas, aun al precio de consentir lados oscuros del enemigovio. La provincia de Buenos Aires fue el territorio dilecto de esa transacción compleja, complaciente, llena de canjes lícitos o no tanto, justificada en nombre de la gobernabilidad y de defender la organización partidaria.

Eduardo Duhalde fue el dirigente con el que tuvo más afinidades, en esa provincia y en su difuso pensamiento económico (llamémoslo) desarrollista-productivista. Lo apoyó en su gobierno provisional, al que sumó dos ministros radicales, bien plegados a la corporación militar y a la judicial que regentearon.

Con Carlos Menem cerró el círculo de socio menor del bipartidismo, al suscribir el llamado Pacto de Olivos. Otra vez eligió conceder en un trance complejo. Ese acuerdo es, a ojos del cronista, injustamente criticado por su origen secreto. Las negociaciones políticas suelen iniciarse así, nada hay de escandaloso en ello. En este caso, el producido se sometió al voto popular y la Constituyente. Fue legal y legítimo, el cuestionamiento válido es a su fondo: habilitó la concentración del poder menemista, a cambio de quedar como la oposición de su majestad.

Néstor Kirchner le llamó la atención de entrada, pero siempre le incomodó que no le prodigara deferencia. Si bien se mira, hay mucho más del primer Alfonsín en el primer Kirchner de lo que se suele aceptar en trincheras distintas, hubiera venido bien un reconocimiento del otro. Un punto alto de la injusticia fue cuando el ex presidente omitió mencionarlo en marzo de 2004, en el acto de la recuperación de la ESMA. Su punto de vista está contado con más detalle por el propio Alfonsín, en el reportaje que se publica en esta misma edición.

Luego, acompañó la candidatura de Roberto Lavagna por la UCR: evitar la consunción radical que vio de cerca en 2003 fue su última obsesión. Un peronista a la cabeza de los boinas blancas, el fin de una tradición. Alfonsín ya había consentido un ensayo general, mucho más gravoso para la Argentina, sobrevolado en el párrafo que viene.

- - -

La Alianza: El Frepaso le sacaba ventaja al herido radicalismo, pero tal vez ninguno se bastaba para remover al menemismo en 1999. Carlos “Chacho” Alvarez quiso acortar camino, lo eligió para sugerirle la formación de una coalición política. Alfonsín se prendó más de la idea que su mayor beneficiario inmediato, Fernando de la Rúa. Atisbó en la Alianza una tabla de salvación y, zorro viejo al fin, acaso intuyó la victoria en la interna abierta. Era otra ofrenda en el altar de su partido: él detestaba a De la Rúa a quien siempre clasificó como un pelmazo de derecha, con sagacidad premonitoria.

Atravesó el mandato de De la Rúa con patente incomodidad. Tenía aliados apreciados en el primer gabinete: Federico Storani, José Luis Machinea, el propio Alvarez. Pero lo desazonaba la tonalidad del gobierno, su política claudicante y recesiva. Su influencia era módica y cada vez que hablaba “los mercados” le ladraban y lo acusaban de aumentar el riesgo país, hacer bajar el Merval y exacerbar la inflación. Ninguna de esas variables precisaba su ayuda, pero el rencor del poder económico le calzaba los puntos. Fue apenas ayer, no se rememora ya.

Ante el escándalo de las coimas senatoriales, calló en ejercicio de la solidaridad corporativa. Con los nuevos gabinetes terminó su poca empatía y optó por ser orgánico antes que sincero, un tributo a la flaqueante gobernabilidad que no es sensato censurar.

Adiós: Le cupo ser protagonista y (por un entrañable rato) líder de una etapa aún inconclusa e insatisfactoria. Un referente de primer nivel, en logros, errores, recuperación de derechos y regresiones. Jamás dejó de ser un militante, un hombre consagrado full time a la pasión política, el mejor (con gran margen) entre sus correligionarios. Y no escapó a las carencias de su partido y de su época. Advenían las primaveras democráticas y transcurría, en materia económico social, “la década perdida”. Esas dos referencias ulteriores acaso circunscriban su responsabilidad en los fracasos y su participación en los éxitos, sin anularlos: el tono de época tiene su peso, que en el momento no se termina de pulsar.

¿Cómo se redondea el juicio sobre una figura central? ¿Por las grandes metas que se propuso? ¿Por sus acciones más gloriosas? ¿Por sus peores errores y defecciones? La discusión política suele elegir alguna de esas opciones, lógicas en el fragor pero incompletas.

Digamos que el apabullante relato de su trayectoria se abre a cien interpretaciones o alineamientos, también proporcionales a su entidad.

El cronista votó contra Alfonsín en el ’83, se desayunó bastante pronto de que su victoria era lo mejor que pudo pasarle a la Argentina y lo escribió hace casi 25 años. Lo apoyó en las urnas en la consulta popular sobre el Beagle y le hizo el aguante en la Plaza cuando “la economía de guerra” y las “Felices Pascuas”, padeció el imaginable desencanto ulterior, que lo marcó para siempre. Escribe esta columna con tristeza, sentimiento subjetivo de pérdida y respeto aunque sin renegar de las discrepancias.

El ex presidente se afilió al radicalismo a los 18 años y militó hasta dar el último suspiro. Fue un militante inclaudicable, amén de un dirigente de primer nivel, un presidente ungido por clamor popular, un batallador en el llano o en la cima. La vocación política signó su existencia. Atravesó con entereza su enfermedad y murió en la casa donde siempre vivió. Por si es menester subrayarlo: todas estas referencias son elogios en la escala de valores del cronista. Los políticos democráticos de raza, aun aquellos con los que se disiente o se embronca, le caen mejor que la nueva cosecha de deportistas (fogueados en deportes individuales), empresarios ricos, hijos de empresarios ricos o gentes de la farándula que surfean en la antipolítica en pos de votos, a veces con buena fortuna.

Voló muy alto, sufrió reveses crueles. En los últimos tiempos, cuando flaqueaba su salud, recibió reconocimientos un poco tardíos pero merecidos de sus adversarios políticos. El canibalismo de la lucha política argentina es proverbial, él se ganó una tregua y algo habrá hecho para lograrla.

El cronista no cree en generalidades tales como “el juicio de la historia”. La historia no es un área de consensos, desangelada: es un terreno de disputa, tanto como la política. Y luchadores-emblema como Raúl Alfonsín, como el Cid, como Perón siguen luchando después de muertos. Su legado, su mensaje serán recuperados por otros, con coherencia o sin ella, para bien o para mal. A diferencia del Cid no será ganador en una sola, última batalla: revistará en combates y aun derrotas ulteriores a su partida, tal el sino de los políticos vocacionales e incansables que la siguen peleando cuando sus cuerpos dijeron “basta”.

mwainfeld@pagina12.com.ar

5.3.09

Los silenciados

Este texto fue publicado en Página/12. Habla sobre los intelectuales nacionales

Por Horacio González *
¿Han sido Scalabrini Ortiz, Jauretche, Discépolo y Manzi intelectuales y artistas silenciados? La afirmación de la Presidenta, en su discurso en la Biblioteca Nacional, fue criticada con esa saña habitual que hace pasar a primer plano una rara ironía, que más que eso es odio. Un odio, diríamos, que finalmente devora la ironía. Sin embargo, el tema permite un debate realmente importante. Si exceptuamos los “proscriptos” del siglo XIX, que tuvieron una voz tanto más poderosa cuando se lanzaron al exilio montevideano o chileno, la cuestión del “silenciamiento” debe datar de la decisión que dice tomar Scalabrini Ortiz a comienzos de los años ’30. Ahí decide, figuradamente, “suicidarse” luego del premio que recibe por El hombre que está solo y espera. Escribe algo en torno de los “intelectuales del régimen”, festejados por la gran prensa, que los adula para evitar que se estudien los verdaderos problemas argentinos. Proclama que evitará para él ese destino. Quería decir que ya no estaría disponible para los diarios señoriales y que, en adelante, investigaría los “dramas invisibles” del país. No esperaba otra cosa, entonces, que un “silenciamiento” impuesto por la prensa tradicional. El tema del silenciamiento todo le debe al ensueño del propio Scalabrini. En contrapartida, bajo una consigna de retiro espiritual, desplegaría la vocación de explorar el “subsuelo de la nación”. Se convertiría en un buscador de las gemas ocultas de verdades que yacían en las penumbras de la historia. Un investigador así debía esperar el ataque de los grandes medios, el aislamiento por parte del aparato de conmemoraciones oficiales y la sistemática denigración de las usinas generadoras de prestigio cultural. De esta constancia, de estos grandes mitos, se nutría su épica personal.

La leyenda eminente que construye Scalabrini se refiere así a un intelectual que se retira proféticamente de una escena falseada y retorna con un manojo de verdades potentes. Poco a poco, éstas debían expandirse en una parábola de redención. Esta gran alegoría fue tomada por los jóvenes militantes de décadas pasadas y aún pervive. La Presidenta la recibe de ese modo, en sus años de militancia estudiantil. Desde luego, Scalabrini nunca pasó inadvertido, fundó numerosas revistas y participó de la vasta publicística del grupo Forja, que partía precisamente del antagonismo entre los intelectuales resistentes, al margen del sistema de aprobaciones autorizado y la “cultura colonizada”, que es efectivamente dominadora. Pero se revelaba “falsa, toda falsa”, como él mismo había escrito. Su caso, sin embargo, es el ejemplo de una biografía triunfal. No se llevó bien con Perón y, de hecho, el comienzo de su nombradía ante un público más vasto lo obtiene menos con sus grandes libros sobre los ferrocarriles y el imperialismo inglés –escritos entre fines de los años ’30 y comienzos de los ’40– que con la publicística forjista, primero, y luego con los grandes artículos de la revista frondicista Qué.

Scalabrini siempre mantuvo la idea de que el intelectual crítico es un “proscripto”. Se da el lujo de rechazar una delegación cultural que deseaba conferirle Perón desde el exilio. Además publicará Perón un libro con su firma, pero su médula eran los artículos scalabrinianos. Rara fusión político-literaria en la historia cultural argentina. La carrera de Scalabrini es la coronación laica de lo que llamaríamos la saga del intelectual sacrificial argentino, que arraiga en la metafísica de la soledad y, a la vez, en la teoría crítica del imperialismo. Tiene estirpe lugoniana. Mantiene una ética de la aflicción y se niega al reconocimiento del Estado. Pero grandes avenidas llevan hoy el nombre tanto de Lugones como de Scalabrini.

Jauretche es jacobino, yrigoyenista, gauchi-político, montonero y post-peronista. Es el Pierre Bourdieu argentino, agudo estudioso de las “distinciones culturales” pero con un idioma de fogón y payada. Se da a conocer públicamente con su poema “Paso de los Libres”, a la sazón prologado por Borges en 1933. Se trata de uno de los más ajetreados y polémicos prólogos de la historia del prologuismo argentino. Publicista de pura cepa, Jauretche sacará de su galera modernista y criollista las consignas de Forja. Disentirá también con Perón y tendrá su hora más gloriosa con los libros que comienza a publicar a fines de la década del ’50, donde relucen los aún hoy mentados tratados sobre las zonceras y el medio pelo argentino. Menos partidario que Scalabrini de las teologías laicas de salvación social, Jauretche nunca se consideró un “silenciado”, aunque tiene un lado echeverriano –con mucha más gauchesca, evidentemente– que se revela en su recóndito deseo de escribir las “palabras simbólicas” del resurgimiento de una “joven Argentina” industrializada. Adversario de La Nación –como David Viñas, que en eso es también un yrigoyenista de izquierda–, Jauretche elaborará una mitología literaria de duelista y juglar plebeyo. Aceptó su destino sin quejas y siempre recordó el fusil que empuñó en Paso de los Libres. Alguien quiso reconciliarlo con Borges en un encuentro en el bar Castelar, de Córdoba y Esmeralda. No pudo ser, eran hijos perseverantes de sus propios fantasmas.

Con Manzi y Discépolo hay menos dilemas. Es claro que ambos nunca cesan en su reinado sobre la misma Buenos Aires “que está sola y espera”. Manzi tiene mucho de Rubén Darío –bastante se ha dicho sobre esto– y el tango “Sur” no deja de ser una escalofriante traducción de la refutación borgeana del tiempo. Discepolín es una suerte de pervertido monje medieval, autor de una inconsolable teología negativa en la forma de grandiosa plegaria maldita. Su personaje “Mordisquito” –de honda actualidad– es una pieza maestra de su encuentro con un peronismo que aún no sospechaba la derrota. Ninguno de los dos se consideraban silenciados y, aunque también cultivaban, sobre todo Manzi, innumerables recelos contra las empresas culturales “cuyo guardaespaldas era el general Mitre”, eran autores de letras que se sostenían en los oscuros destinos amorosos, en una grave desesperación existencial y en la vida errante de la ciudad nostálgica.

De los cuatro nombres mencionados en el discurso de la Presidenta no podría decirse otra cosa de que son hijos notorios y bien reconocidos de su época. Si bien no son acallados, se entiende lo que se quiere decir cuando se recoge el gran simbolismo de que actuaron intentando bucear en los pensamientos del subsuelo. Se trata de ese mundo “invisible” del yacimiento recóndito de las poéticas de transformación social, a las que alude toda utopía. Y a la utopía le gusta siempre sentirse ante el peligro del silencio. Jauretche descubre las pepitas de un venerable refranero épico; Manzi explora los límites difusos entre los suburbios y la ciudad de manera lírica, no sociológica ni histórica; Discépolo desciende al núcleo de ludibrio y ultraje que quizá permitiría luego pensar una vida renovada y Scalabrini pone en relación la idea del submundo invisible que resurge, con una teoría económica crítica de la subordinación nacional. En cambio, obras de época que tuvieron gran vigencia y hoy están olvidadas podrían ser las de Eduardo Mallea y la de Manuel Gálvez, el primero hacia los años ‘40, héroe literario del diario La Nación que explora el sonambulismo interior de personajes desarraigados, y el otro, un escritor popular que recorrerá varios géneros masivos, la novela histórica, la biografía novelada, la novela naturalista evangélica y el ensayo social. El de Gálvez es un testimonialismo que conserva algunos signos de la derecha católica y otros de populismo piadoso, con una pizca de Zola. Scalabrini conseguirá desarrollar caracterologías que están en ambos, en Gálvez y en Mallea, pero lo hace con la mayor gracia literaria que le permitirá su espíritu abierto, no confesional por un lado, modernista por otro. Trasciende porque su materia se asocia a un legendario llamado a plasmar en resarcimiento social las vigilias nacionales. La hipótesis del “silenciamiento” se refería más bien a una redención colectiva de un tiempo apenas intuido, que vendría sin ataduras, antes que a una inquisición que lo hubiera condenado.

Pero un verdadero dilema se establece con Ezequiel Martínez Estrada, con su escritura fuertemente dramatúrgica y su voz admonitoria. Se conoce el peso profético de esta voz. Trabaja el núcleo agonístico de una fantasmagoría nacional que toca en un plano más sofocado todos los temas scalabrinianos y borgeanos. Es su opuesto complementario. Hasta hoy, La cabeza de Goliat, Radiografía de la Pampa o Filosofía del ajedrez son textos magníficos y refinados, que deberán adosarse a la esencia misma de una historia nacional, popular y libertaria. La gran fábula del proscripto pertenece plenamente a Martínez Estrada. Es la metáfora capital de un sujeto reparador, en lo esencial nada diferente al de Scalabrini.

Rememoro rápidamente esta historia, no porque cada obra tenga un refugio seguro en tal o cual corriente de ideas. Cada obra es en sí misma su propio mundo moral. Pero puede elegir participar voluntariamente de un legado mayor. En el debate actual, la maniática ojeriza imperante busca ofuscadamente las cinco patas del gato en las breves menciones presidenciales sobre su panteón personal de obras y lecturas. Pero más allá de las banales injurias, es evidente que lo que hoy se precisa es revelar la trama interna, profundamente vasta y ramificada, que involucra a esos nombres pronunciados.

No habrá conocimiento crítico capaz de disputa en una sociedad democrática si no resurgen medios de comunicación mucho más autorreflexivos y plurales, si no se recrea un lenguaje público que saque de su silencio todas las grandes obras y aventuras culturales del país. Un lenguaje no masacrado por los módicos profetas del encono, que niegan que en la Argentina haya un nudo intelectual a desatar, el de la renovación de su propia cultura crítica, erudita y de masas. Es un tiempo para revelar que los autores citados surgen de un plano más profundo, donde quedan en suspenso las trincheras triviales de nuestra politización primera y donde adquiere otra luz su carga emancipadora. No debe perderse la oportunidad de descender al río subterráneo de las literaturas políticas argentinas, al Aqueronte de nuestras luchas socioculturales, para construir un tejido inédito de las voces presentes y pasadas de la autonomía intelectual de la sociedad argentina.

* Sociólogo, ensayista, director de la Biblioteca Nacional.

Publicado en Página/12 el 5 de marzo de 2009. http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/120991-38585-2009-03-05.html

22.2.09

Para Biolcati que lo mira por TV

Orden de batalla

Las cámaras empresarias del agro y el gobierno se preparan para las decisivas elecciones de octubre. El acto político de Leones, la reapertura de pliegos para licencias de televisión por cable y el desplome de las acciones del Grupo Clarín. La fusión de Multicanal y Cablevisión y la ley de servicios audiovisuales. La reticencia de los ricos a pagar impuestos y las clases de democracia de Vicente Massot.

Por Horacio Verbitsky

Luego de romper las negociaciones con el gobierno, la Mesa de Enlace utilizó la concentración del viernes en Leones para mostrar hasta qué punto se ha constituido en un actor político, con la mira puesta en las elecciones de renovación parlamentaria de octubre. Los oradores apenas se refirieron a la problemática del sector, cuestionaron en tono insultante todas las políticas oficiales y saludaron con entusiasmo la presencia de dirigentes de la UCR (Mario Negri), de la Coalición Cívica Libertadora (Adrián Pérez), del socialismo (Rubén Giustiniani), del vecinalismo (Luis Juez) y del “justicialismo no obsecuente”. De hecho las principales figuras de esa nueva tendencia, que no estuvo presente, forman parte del sector: Carlos Reutemann y Juan Carlos Romero son productores de soja, Francisco de Narváez explota el predio malhabido de La Rural en Palermo y Felipe Solá engordaba terneros en feedlot. El locutor oficial provocó la aclamación del público, más vocal que numeroso, al anunciar la presunta deserción de otros legisladores del Frente para la Victoria. Dos días antes, el presidente de la Sociedad Rural, Hugo Biolcati, había inaugurado en Bahía Blanca sus cursos de participación política para productores, concebidos por el consultor Felipe Noguera para limpiar la imagen de la entidad, vinculada con los golpes militares del siglo XX. La clase de democracia fue impartida por el ex director de la revista Cabildo y ex viceministro de Defensa de Carlos Menem, Vicente Massot, quien debió renunciar a ese cargo luego de la defensa de la tortura en un reportaje de Ernesto Tenembaum. En diálogos privados, Biolcati repite que “hay que ganarles en octubre y empujarlos para que no terminen el mandato”. La disposición beligerante de la Mesa de Enlace se refleja también en el nuevo lockout y en la convocatoria para el 12 de marzo a un acto multisectorial con participación de dirigentes de la oposición en Córdoba. La decisión reiterada por la presidente CFK de excluir del diálogo con las patronales agropecuarias los tributos a las exportaciones de cereales y oleaginosas, la apertura de la venta de pliegos para la instalación de nuevos operadores de televisión por cable, el estudio sobre la pretendida fusión de los dos cables del Grupo Clarín y la probable inclusión de la nueva ley de servicios audiovisuales en el período de sesiones ordinarias del Congreso que se inicia la semana próxima, sugieren que el gobierno nacional ha decidido recoger el guante lanzado por el complejo agromediático. Esto no significa que el ex presidente Néstor Kirchner haya decidido presentarse como candidato en la provincia de Buenos Aires, donde reside desde 2003, aunque sus apariciones públicas en diversas provincias implican el reconocimiento del carácter plebiscitario de los próximos comicios, en los que el oficialismo pondrá en juego su mayoría en ambas cámaras legislativas. Si los pasos previstos en materia de radiodifusión se cumplen, el gobierno padecerá renovados ataques pero habrá hecho un aporte sin precedentes a la institucionalidad democrática, permitiendo la participación de otras voces que hoy no se escuchan.

El diálogo

El presidente de la Sociedad Rural dijo que había abandonado la negociación con el ministro Julio De Vido porque las propuestas del gobierno eran insuficientes. Sin embargo, en la primera reunión, el 5 de enero, el gobierno puso dos condiciones para avanzar: que no hubiera nuevos menoscabos a la investidura presidencial (Biolcati condujo un cacerolazo sobre la residencia de Olivos el año pasado) y que no se discutieran las retenciones a la soja, porque esos ingresos eran el ancla imprescindible para que el vendaval económico originado en la economía mundial no desquiciara la del país. La prueba de que Biolcati aceptó esas restricciones es que los encuentros entre ambos negociadores continuaron en los 45 días transcurridos desde entonces, con participación del Secretario de Agricultura Carlos Cheppi y del economista jefe de la Rural, Ernesto Ambrosetti y, según dijo Biolcati a su interlocutor oficial, con conocimiento del presidente de la Franja Morada Agropecuaria, Mario Llambías, y del agitador de la Federación Agraria, Alfredo De Angeli, con quien Biolcati almorzó en la sede gremial de Palermo luego del primer encuentro con De Vido. Ante la publicación de este diario, los que sabían y los que no se habían enterado, como Eduardo Buzzi, negaron los contactos y atribuyeron la noticia a una operación oficial contra Biolcati. Pero la negociación no fue revelada por esta página, sino en el panorama empresario de Clarín de la semana anterior. Fue a partir de esa primicia periodística de ostensible fuente patronal, que esta columna intentó, y logró, reconstruir la trama secreta. Con la misma impavidez, Biolcati atribuyó al gobierno la ruptura de códigos a los que él se habría atenido como un caballero, pasando por alto la declaración de la Mesa de Enlace que acusó de negarse al diálogo al gobierno, con el que la Sociedad Rural estaba negociando desde Navidad. Fue recién en respuesta a este ultimátum que el vocero presidencial hizo pública la transacción con el representante de la Mesa de Enlace. Omitió, sin embargo, los detalles de lo acordado. El gobierno aceptó una larga serie de reclamos, como la eliminación total de las retenciones a las economías regionales, el cobro de retenciones al trigo después y no antes de la molienda, lo cual tendría efecto fiscal neutro pero beneficiaría a los productores; la mejora en el precio de la leche que cobran los tamberos, la supresión de las retenciones a las exportaciones de leche en polvo, el lanzamiento de un programa carne plus, que permita la faena de animales más pesados, de modo de incrementar el tonelaje exportado con el mismo número de cabezas y la asignación a los corrales de engorde que tienen 35 por ciento de capacidad ociosa de los terneros de las vacas lecheras; la revisión de la resolución 543 de la Oncca que desacopló al Estado del riesgo en los mercados de futuros y la eliminación de los Registros de Operaciones de Exportación (ROE) a cortes finos, como el lomo o el cuadril. En cambio, rechazó permitir la exportación de manta de vaca vieja, que va a la industria del termoprocesado, por la dificultad de controlar que esos permisos no se usen para faenar terneros, y la reducción de la cantidad de productos lácteos de precio regulado, que encarecería productos como la crema y los postrecitos. Esa defensa del niño peronista y su dieta alimenticia fue la única intervención en los acuerdos que puede atribuirse al Gran Satán del comercio interior y los precios. Aun hay otro punto de desacuerdo: Biolcati sostiene que pidió que se suprimieran las retenciones al trigo, De Vido no lo recuerda y en el paper presentado por la Sociedad Rural no figura. El gobierno también rechazó nuevas quitas parciales en las retenciones al girasol y el maíz, que implicarían sacrificar mil millones de dólares de recaudación.

Hoy un juramento

La Federación Agraria acusó a Biolcati de traición y su Vicepresidente Ulises Forte lo trató de patrón de estancia. La sorpresa de Buzzi y sus incondicionales es comprensible y termina de calificar el tipo de relación que entabló con la organización de los latifundistas, contra la que hace 97 años la Federación Agraria dio su grito de Alcorta. La ratificación del gobierno como enemigo común y principal disolvió la tormenta. La dura declaración de la Mesa de Enlace hizo comprender al gobierno que Biolcati no investía la representación que se había arrogado al llegar a esos puntos de acuerdo. Amplió entonces la convocatoria a todos los miembros de la Mesa, para reunirse pasado mañana con la ministra Débora Giorgi, de quien depende la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentos. No obstante, luego de recibir la invitación, las cuatro cámaras patronales decidieron realizar la primera medida de fuerza del año. La exasperación de los federados tiene que ver con la gratuidad de los documentos necesarios para el transporte de productos agropecuarios dispuesta por la AFIP y la Oncca. La canonjía otorgada por Menem y Cavallo a una cooperativa que manejaba la Federación revirtió luego a la propia entidad de los medianos arrendatarios rurales que de ese modo financiaba en forma holgada sus actividades. El cierre de ese chorro de plata dulce obligó a un ajuste de gastos que, según el opositor Movimiento Campesino Liberación, conducido por quien fue el maestro de Buzzi en el gremialismo rural, José Luis Livolti, eran dispendiosos. La conflagración que estalló en la Mesa de Enlace se aplacó en Leones, pero una solución de fondo sería que la Sociedad Rural, Coninagro y Carbap compensaran a la Federación los 15 millones de pesos que recibía de los productores por la emisión de las cartas de porte. Buzzi los considera un lucro cesante causado por la participación común en la Mesa de Enlace. Su situación es complicada frente a sus propios afiliados porque la media sanción del proyecto de ley sobre retenciones móviles que la Cámara de Diputados votó el 3 de julio pasado contenía apreciables beneficios para los productores de hasta 1500 toneladas de cereales y oleaginosas e iba atada a otros dos proyectos de ley inspirados por la propia Federación: uno de arrendamientos, al que se oponía la Sociedad Rural, y otro de creación de un fondo de 150 millones de pesos para atender a pequeños productores en situaciones de emergencia agropecuaria debidas al cambio climático o a fenómenos biológicos que pongan en riesgo la continuidad de los productores y afecten a las comunidades rurales. Sin embargo, por razones que Buzzi nunca explicó pero que deben tener alguna motivación nítida, la Federación Agraria redobló sus esfuerzos para que el Senado no convirtiera esa sanción en ley y cuando Julio Cobos terminó de lloriquear y votó como le habían indicado su esposa y sus hijas, celebró en Palermo como si se tratara de un campeonato deportivo. Por cierto, la derrota de la resolución 125 y sus modificaciones fue una gran victoria de la Sociedad Rural y Carbap, que representan a los latifundistas más poderosos, cuya alícuota se mantuvo en el nivel previo, pero perjudicó al resto, al anular los subsidios por tonelaje y distancia que el gobierno había aceptado pagarles y mandó a una vía muerta los otros proyectos de ley. Luciano Miguens, quien entonces era presidente de la Sociedad Rural dijo la semana pasada a la revista Fortuna que habían cometido un error de evaluación, porque pensaron que después de quebrar al gobierno en el Congreso podrían imponer sus condiciones “pero se creó como un castigo al sector y el gobierno mantuvo la confrontación”. Según su particular visión de los hechos, hay en curso una venganza contra “el campo”. En la Sociedad Rural, acompañado por Biolcati y Llambías, Buzzi mencionó a Víctor De Gennaro y el Frente Nacional contra la Pobreza, Frenapo. Podría batir el record de obscenidad política, si hubiera medios que la reprodujeran y contextualizaran: una de las denuncias del Frenapo fue que la extrema pobreza coexistía con la extrema riqueza, principal obstáculo para la redistribución.

(Publicado en Página 12, en la edición del domingo 22 de febrero de 2009)

17.1.09

De adjetivos, confusiones e imposturas

Daniel Guariglia se tomó el trabajo de leer con atención el artículo "Espejos rotos", publicado en este espacio hace un tiempo, y consecuencia de una reflexión sobre la cultura en Neuquén iniciada varios años atrás. Por cierto, no comparto varias afirmaciones de Guariglia (la no menos hiperbólica es la que me atribuye formación "británica") pero, nobleza obliga, el tiempo y el esfuerzo que le llevaron interpretarme y escribir a continuación sobre ello, lo hacen merecedor de esta publicación. Levanto el guante, pues...


"De adjetivos, confusiones e imposturas"

Por Daniel Guariglia

Cuando hace unos años leí en la revista cultural Ñ el artículo del periodista y poeta Gerardo Burton acerca de la situación de la cultura en Neuquén, me sentí molesto. Por distintas razones dejé pasar la polémica y pensé en conversarlo con el autor café de por medio. Pasaron los meses y una de las actividades organizadas por el Grupo de Artistas por Zanón –que integro- puso en el panel de debate al autor y a otro poeta, además de un actor, una artista plástica y un videasta.
Tanto el poeta Ricardo Costa, que basó su intervención en el artículo de Burton y en su propio libro (Un referente fundacional), como aquel, retomaron los conceptos del artículo mencionado, para referirse a la dinámica que ha tenido la lucha de los obreros de la cerámica Zanón en el contexto de la cultura de la provincia.
Pude intervenir en forma breve en el debate posterior, pero quedé aún más molesto que antes, ya que me pareció que la confusión aumentaba y que Burton huía del verdadero debate. Una respuesta a tales conceptos se hizo impostergable. El artículo acerca de los conceptos vertidos por Burton y Costa en relación a las características de la lucha de los obreros de Zanón será para más adelante.

Adjetivos y confusiones
Dice Burton en su artículo Espejos rotos (neuquénlog – 28-02-07) “Hay en Neuquén –y acaso en la región- una intensa producción cultural con una expresión plebeya y cimarrona que no responde a, y por el contrario, precisamente escapa de, los cánones y las ortodoxias y se precia de ser así. Esta cultura bizarra no es más que la expresión de una sociedad convertida en un caldero que produce formas alternativas a lo oficial, construye estructuras que transcurren por andariveles lejanos del poder establecido”.
Comencemos por los adjetivos, que he subrayado. Tal vez por provenir de Buenos Aires (en 1986), el autor no sabe todavía reconocer que una región de inmigrantes pobres y de indios corridos a los golpes y a los tiros, explotados todos ellos por estancieros y mercachifles devenidos en gobernantes y empresarios, no puede tener otra constitución social que de características plebeyas. Si, como poeta –no ya como periodista-, se detuviera a indagar en la historia social y política de esta provincia, raspando la cáscara de las apariencias, sabría que pocos aquí se han considerado aristócratas y que esta categoría social no existe en el imaginario colectivo, en nuestra subjetividad social. Tal vez se hayan considerado aristócratas locales algunos jueces de doble apellido, algunos descendientes de franceses o británicos; otro sector que adoptó el nacido y criado (NyC) para establecer ciertos privilegios fútiles y diferenciarse de los chatos de la zona, este último un término acuñado por oficialitos del Ejército Argentino inspirados en el racista Perito Moreno, para mofarse del carácter y la morfología de los lugareños indios y mestizos.
Muchos de nosotros, en particular los que preferimos nombrarnos como chatos de la zona, no ponemos ningún reparo a ser considerados plebeyos, que lo somos. Siempre y cuando ese adjetivo no tenga connotaciones despectivas como, tenía –y tiene- en las cortes europeas a pesar que nobleza y realeza sean artículos anacrónicos. Como lo tiene en ciertos estratos sociales de nuestra gran urbe argentina, donde lo plebeyo es, para un sector que se considera a sí mismo como aristocracia el “populacho”, aquello brutal, salvaje, inculto; en el presente, piquetero, cartonero, como hasta hace poco se resumía en el único término villero. Si somos plebeyos porque somos parte del pueblo, esa categoría elástica, engañosa y medio amorfa o maleable incluso, no hay problema. El problema ocurre porque Burton adjunta a (cultura) plebeya el adjetivo cimarrona. Para la Real Academia Española de la lengua, este adjetivo describe al salvaje (en segundas al caballo, en terceras al ganado sin dueño) y en nuestra pampa húmeda se adjudica también a los perros salvajes que, según el saber popular, suelen llegar a comerse entre ellos. ¿A qué imagen alude Burton con este adjetivo? ¿A la romántica imagen a la Jack London del potro salvaje de la películas de Hollywood, indomable, ansioso de libertad y bello por no tener dueño? ¿O simplemente a la del salvaje que es, incluso, capaz del canibalismo?
No quedan posibilidades de malentendidos cuando el autor de las definiciones sobre la cultura en Neuquén nos dice que ésta es bizarra. Allí, es obvio que no quiere decir gallardo, valiente, como dicen los diccionarios castellanos de tal adjetivo, sino que lo utiliza en la lamentable jerga actual, donde este término se asocia a lo que es raro o extravagante, incluso mal realizado, una derivación que parece provenir de una mala traducción del cómic inglés y que empezó extendiéndose al cine.
Reuniendo los tres adjetivos, es bastante claro que Burton piensa que los hacedores artísticos y culturales de Neuquén somos unos salvajes, medio caníbales y extravagantes con los cuales debe convivir, por razones de trabajo y residencia, por lo que no es capaz de usar los verdaderos términos de su pensamiento. Alguien podría decir que hay que leer el artículo completo para llegar a tal conclusión. Pues bien, ante de continuar con la florida prosa de Burton, digamos que en otro contexto podría sonar elogioso que se considere que escapamos -los artistas y hacedores culturales- a los cánones y las ortodoxias, algo que es una verdad a medias, ya que un artista conciente sabe que para superar el pasado es imprescindible conocer y comprender ciertos cánones y cierta ortodoxia. Punto que es para otra discusión y que menciono para destacar el verdadero contenido ofensivo del artículo en cuestión.
Continúa Burton: “Los artistas en sus distintas disciplinas –actores, plásticos, escritores, músicos- se autocalifican casi mayoritariamente como independientes porque su actividad, pretenden, no está sostenida por empresas ni por organismos públicos”. (Aquí los subrayados también son míos). Esta es una tabula rasa que, pretendiendo explicar algo sólo confunde y niega. Burton quiere dar una idea cerrada y oculta los procesos tras las cosas. ¿Hay una sola concepción de independencia entre los artistas de Neuquén? ¿Es un debate cerrado? Un grupo importante de los hacedores de nuestra provincia, hace ya muchos años llegó a la conclusión que el apoyo estatal y de las empresas privadas no atenta contra nuestra independencia creativa y de organización. Es imprescindible reclamar al estado un presupuesto acorde a las necesidades de la cultura y la producción artística local y luego dejar hacer a la sociedad civil. Más aún cuando la reciente reforma de la Constitución de la Provincia de Neuquén, en sus artículos respectivos (105,106 y 107) declara parte a los artistas y sus asociaciones en la elaboración y ejecución de las políticas públicas referidas al arte y la cultura, dándole rango jurídico. La intervención estatal es exigencia de los artistas independientes y no algo rechazado per se. Además, cualquiera puede comprobar que es habitual que producciones locales sean apoyadas por empresas privadas –en la mayoría de los casos pequeñas empresas y comercios-, con lo cual la totalidad de la proposición de Burton se desvanece.
En verdad, es posible sospechar que Burton se afana por esquivar el debate sobre el papel del Estado en la Cultura y sólo describe que hay una ausencia de políticas cuturales combinada con un fenómeno de mercado y una confusión acerca del lugar que toca a cada uno. Al afirmar que los hacedores no queremos la ayuda del Estado y las empresas, sugiere que, somos nosotros los que forjamos por oposición simple la ausencia material de ese apoyo. O sea, además de brutos y salvajes, somos necios. Claro, sus amigos funcionarios que dilapidan el poco dinero que se destina a la cultura y a la promoción artística en una política elitista, monumentalista y de importación de supuesta calidad, ignorando a los creadores locales, le estarán palmeando la espalda. ¡Claro que el Estado no sostiene la cultura! Pero no es por eso que nos decimos independientes.
Vale aclarar que cuando reclamamos la intervención del Estado es para que éste disponga de un presupuesto acorde a lo establecido por los distintos actores de la sociedad civil. El presupuesto no es sólo dinero y recursos, sino también una cantidad de tácticas y proyectos que potencien –y no mengüen- las posibilidades del hacer y el pensar. Una vez aportado lo que corresponde, el Estado debe retirarse y dejar hacer a la sociedad civil, que será la encargada de reafirmar los aciertos y reorientar los aspectos erróneos. ¿Quién puede negar que todo sería mejor aprovechado y que los resultados podrían ser efectivos, eficientes y, a mediano plazo, de una calidad superior? En fin, es posible que Burton, con sus “espejos rotos” nos esté diciendo que no tenemos donde mirarnos, ni donde reflejarnos; somos unos atrasados que necesitamos de periodistas porteños con una mirada británica que nos digan cómo somos y qué debemos hacer.

Imposturas
Aunque sabe muy bien cuáles son los debates y diferencias que existen entre los artistas independientes, es llamativa la habilidad que tiene este hombre para evitar una postura crítica. Aparenta describir una realidad anómala con adjetivos grandilocuentes y no profundiza en nada. Léase el siguiente párrafo: “En la municipalidad, donde se produjo la inédita continuidad de un plan que incentiva las artes plásticas merced a la construcción del Museo de Bellas Artes y la incorporación de parte del patrimonio de la institución madre, subsiste la incógnita respecto del futuro. Es decir, si un intendente de otro signo considerará que el museo constituye una política de Estado o es nada más que un capricho transformado en edificio”. O estos:”El resultado de esta situación es el adocenamiento de los creadores y un público con el gusto esmerilado. Al final de este camino, el público habrá optado por lo seguro, es decir, aquello que ofrece esa política oficial que confunde cultura con espectáculo. Así, se adhiere a una de las acepciones en vigencia: cultura igual entretenimiento igual espectáculo igual ocio” (…) “Esta persistente confusión está apenas atenuada por la calidad de los espectáculos que programa Casino Magic, la multinacional del juego radicada en esta ciudad que se constituyó desde hace un año y medio en la verdadera ideóloga del plan cultural provincial, en especial a partir de la tierra arrasada que es la ciudad –y acaso la provincia- en materia de establecimientos donde los artistas –músicos, actores, cantantes- puedan ejercer su oficio”.
Véase que adjudica al negocio inmobiliario y de mercaderes del arte, el carácter o el objetivo de incentivar las artes plásticas. No dice que lo único que se incentiva es una generación de espectadores que en cierta porción son mercado potencial para aquellos mercaderes. Si se tiene en cuenta que los expertos de la mercadotecnia calculan que Neuquén abarca un universo de un millón de consumidores desde Choele Choel en Río Negro, hasta Esquel en Chubut, la porción de un público consumidor de obras de arte de cierto valor económico no debe ser inferior a las diez mil personas, lo que no es poco para un solo marchante que domina la escena. Tampoco dice que ésta misma orientación política de colocar al ocio, la cultura y el espectáculo en una misma bolsa, fue la artífice de los cierres de lugares para espectáculos locales, es la que niega todo apoyo y salas escénicas o de exposición acorde a la gran cantidad y calidad de artistas plásticos que en Neuquén viven y producen. La misma que se niega a considerar siquiera la construcción y puesta en marcha de centros culturales en los barrios periféricos de la ciudad ¿No sería bueno aclarar que las salas locales que funcionan y promueven la producción local son sostenidas por los artistas independientes? ¿No sería necesario dejar en claro que sólo obtienen ayuda aquellos espacios que hacen del amiguismo con los funcionarios una estrategia aduladora y se abstienen, como Burton, de cuestionar el fraude y las imposturas oficiales?


Y debemos hablar, nosotros también, de la calidad de nuestra producción, mal que le pese a Burton, porque aquí también se consigue. Aunque su ligereza con los adjetivos y definiciones más su impostura crítica, de como resultado un texto adocenado. Porque ¿de qué calidad hablamos en el caso de la multinacional del juego que promociona su actividad principal con la producción de espectáculos nacionales e internacionales masivos? ¿Ricky Martin? ¿Django? ¡Ah! ¡Qué torpe! Había olvidado a Marco Antonio Solís. Lo que niega la descripción de Burton es que hay aquí, en esta ciudad y en esta provincia, a pesar de todas las dificultades, calidad artística que en muchos casos de teatristas, videastas, fotógrafos, artistas plásticos, escritores y músicos, han recibido premios, reconocimientos y distinciones en el ámbito nacional e internacional. Tanto como en el deporte, en esta provincia no existe en la cultura y las artes, desde el Estado, la actividad de base, ni el fomento, ni la extensión, ni el apoyo a las instituciones que luchan por sostener la producción artística local y son las únicas que regeneran y recrean esa imprescindible acción de base.
Por último, en relación a estos párrafos, he subrayado en el primero la palabra “inédita”, que en estos tiempos buena parte de los periodistas y medios –incluso en titulares de diarios y TV- utilizan en forma indiscriminada. Deberíamos creer que esta política de supuesto incentivo a la plástica por medio del MNBA ¿nunca se editó? ¿O nunca antes se postuló, propuso o llevó adelante? En este caso lo disculpamos a Burton, ya que parece que su oficio de periodista primó sobre el de poeta.

Independientismo, oportunismo y decisiones
No hay que olvidar que existen en nuestro medio unos cuantos hacedores artísticos y culturales que se autodenominan como independientes, pero son incapaces de ser consecuentes en la acción. En la práctica no tienen escrúpulos en lamer las botas del oficialismo de cada gestión, para obtener alguna migaja de las que dejan caer los funcionarios para aquellos que los ayudan a llevar a cabo sus tropelías, manteniendo su imagen y su política. Esos colegas, evitan sostener cualquier postura crítica o participar de algún reclamo colectivo y son expertos en recostarse del lado donde calienta el sol. Han tratado por todos los medios que prevalezca el amiguismo en relación a las políticas oficiales de cultura, si es que estas pueden llegar a llamarse de tal modo. Tanto como los “adictos” al oficialismo, que Burton menciona en otro párrafo y que en realidad debería llamar adeptos al gobierno, ya que estos no sufren síndrome de abstinencia sino del más vil oportunismo y son unos vulgares trepadores.
Es preciso destacar entonces que hay un numeroso grupo de artistas locales que nos manifestamos independientes en términos políticos y no es que pretendamos que se nos llame así. No somos unos chicos pretenciosos, como Burton nos describe, además de plebeyos, cimarrones y bizarros. Un par de centenares estamos asociados a las diversas organizaciones que hemos construido en las últimas tres décadas y cada vez con mayor empeño actuamos en forma conjunta. Esta independencia está relacionada a lo que llamamos esa –restringida- libertad de mantener nuestra capacidad creativa, sin dejar de reclamar a las distintas gestiones una política cultural que pueda ser desarrollada por la sociedad civil. Pero el estado, sea provincial o municipal no es el único destinatario de nuestras acciones y expresión, sino también la sociedad, que en todas sus clases respeta y valora más aquello que venden la tele y los diarios.
Como sabemos “la libertad es una ilusión”, al decir del vate ciego, o sólo puede ser “la comprensión de la necesidad presente” para un pensador en las antípodas de aquel escritor. Aún así, con esas restricciones, reclamamos esa libertad para crear, sin que el estado, los funcionarios, los credos, o empresario alguno, incluso ningún partido, por revolucionario que se proclame, pongan condiciones o censuras en el proceso y en el acto que fuera. Pero para que la libertad creativa sea algo más que retórica es imprescindible un presupuesto cultural acorde a las necesidades de la población más postergada, lo que nos enfrenta a los distintos gobiernos y nos adjudica por añadidura el calificativo de independientes. Se tenga o no conciencia, los artistas integramos esa porción más postergada de la población que no es tenida en cuenta en tanto sus capacidades, potencialidades y necesidades, debiendo desarrollar como trabajo “productivo” cualquier otro oficio que ayude a parar la olla, tener techo y demás cosas que nos permitan pensar, actuar y hacer arte, en los tiempos libres. Es decir, la libertad es material, tiene peso y medida, por lo tanto límites. Se pueden aceptar esos límites a pies juntillas o luchar por ensancharlos. Y aclaro, por si acaso, que no hay una sola forma de luchar, un solo punto de vista ni un pensamiento acabado al respecto entre los que, aún así, luchamos codo a codo y con mayor o menor intensidad.

Reflejos de una mirada
Viniendo de la gran urbe, con su mirada británica y poéticos adjetivos, las imposturas de Burton me recuerdan en cierto modo, aquellas discusiones casi en voz baja que se daban en los inicios del efímero Centro de Escritores Patagónicos (1982) y que hoy reverberan. Existió un importante sector que a toda costa quería introducir en los debates la supuesta necesariedad de “discutir cuál es el perfil del escritor patagónico”. En aquel entonces el postmodernismo –o posestructuralismo- no nos había contaminado todavía con esa nueva área del supuesto conocimiento que son las identidades o caracteres identitarios, utilizadas para reforzar la fragmentación y justificar los enfrentamientos intrasociales.
Aquel sector reflejaba los rasgos sociales más conservadores y acríticos de las provincias patagónicas. Por fortuna, ya que éramos jóvenes bastante ingenuos, los que pretendíamos debatir acerca de cómo promover la lectura, la escritura y la publicación de nuestros trabajos en el marco de una política cultural como la que hemos referido más arriba, teníamos de nuestro lado a maestros y maestras como Nancy Iriarte, Juan Carlos Corallini, Oscar Ferro y Mercedes Rolla, entre otros pocos, porque gracias a ellos pudimos comenzar a desarrollar un debate sobre estas ideas, además de ciertas acciones como la revista Coirón. Aquellos que se deleitaban con la metafísica de la escritura –que no habían tenido empacho en apoyar a la dictadura aunque ahora digan que no-, debieron hacer silencio por un tiempo. Burton, en cierta medida, se parece a aquellos escritores, aunque no sea un cultor del clasicismo como algunos, ni en estricto un conservador. Pero pretende marcar un perfil o una identidad: plebeya, cimarrona, bizarra –pretenciosa-, para los artistas de Neuquén y su producción, cuyo “resultado es el adocenamiento de los creadores y un público de gusto esmerilado”. ¿A quién sirve ese canon? Hay que decirlo sin rodeos: a la continuidad de una política estatal que desprecia a los creadores locales y sólo se ocupa de aquello que puede ser un negocio, partidario o individual para algún funcionario o grupo de ellos. A difundir la especie que esos mismos funcionarios han echado a correr acerca del sectarismo, mezquindad, falta de fundamentos y salvajismo de los artistas locales.
También es bastante claro que, a pesar de lo que digan los prologuistas de sus libros de poesía, más que una búsqueda en el lenguaje (Borges diría que busca es la palabra justa, que búsqueda es un barbarismo), lo que a Burton le ocurre es una pérdida del lenguaje por falta de valentía intelectual, que ni siquiera se afinca en auténticos neologismos o en cierto rescate del lunfardo, sino en un enfático desprecio y en un oportunismo temeroso de llamar a las cosas por su nombre. No es que diga lo que dice porque no sabe lo que dice o porque ha cometido un error ligero. En su intento de quedar bien con Dios y con el Diablo –lo asombroso es que en algunos ámbitos lo ha logrado-, Burton se queda en el purgatorio de las ideas, condenado a su propio limbo.
Por último, es cierto que entre los artistas de Neuquén que nos consideramos independientes hay una gran diversidad de criterios, procedencias, formas y metodologías de acción; que nuestras diferencias, tanto éticas como estéticas y políticas, muchas veces no son menores; que en cuanto a cantidad y calidad mucho queda por discutir y adelantar; que podemos avanzar y retroceder a veces sin ejercer la suficiente autocrítica. También es cierto que nuestra producción existe y va ganando espacio en nuestra sociedad, además de reconocimiento en otros lugares; poniendo cada vez más límites a la ofensiva política oficial, ante la cual nos hemos fortalecido.
En esos ámbitos cotidianos de debate y lucha no lo hemos visto a Burton ni hemos podido escuchar sus opiniones o propuestas. No quisiera descalificar su artículo por esa ausencia, ni porque el autor es porteño, descendiente de británicos y funcionario provincial, ya que no discrimino a nadie por su procedencia u opciones personales. Pero vuelvo a la molestia que manifesté al principio: no me gusta la gente que mira a los demás desde una supuesta altura, desde cierta superioridad, en particular cuando esa gente no tiene con que demostrar tales ínfulas.

Neuquén, 18 de Diciembre de 2008

Para ver el artículo completo de Burton: www.neuquenlog.blogspot.com

4.11.08

La Argentina emboscada

Por Horacio González



Algo grave, emboscado, ha ocurrido en el ámbito del pensamiento argentino. Algo injusto, destructor de símbolos, ha ocurrido en el ámbito de la convivencia. La injuria fácil parece ahora conducirnos. Un arrebato sin arte ni compasión compone fáciles escenas de masacre. En tiempos sin continencia, donde sólo se posee el atributo de la honra, se ataca la conciencia de las personas. Se ataca el nombre y su estima, aquello que es el elemento impalpable y frágil, lo más vulnerable que se tiene y lo que es más susceptible de culpa. Ahora, una parte importante de la política recae en un oficio turbio: destruir la honra, el nombre que sostenemos, los pocos hechos que nos animan para considerarnos partícipes de lo absolutamente humano.

De seguirse así, el impulso comunitario, el ser genérico convivencial, amenaza con desaparecer. El ataque contra Mercedes Sosa, León Gieco, Teresa Parodi y Adriana Varela es una novedad absoluta en estos 25 años de democracia. Vivimos tiempos en que corre peligro la conciencia autónoma. Difícil es describir el modo en que se está vulnerando la idea de que se actúa por actos libres, autorreflexivos. De a poco, agazapado en penumbras, avalado por moralistas de alcantarilla y dictaminadores de fangal, se introduce la idea de que no hay actos libres. Que las personas actúan sin fe deliberativa ni autorreflexión. Que van inducidas a los actos, que los déspotas le suministran estipendio para que se revele una vez más que los artistas populares acatan mandos y cobran por ventanilla. Sólo a la Argentina emboscada se le ocurren estos pensamientos. Y los emboscados, con su saber oscuro, van por los símbolos. Los hostigan publicando fotocopias, mendacidades e insinuaciones. No bajan la imputabilidad unos años, deciden que todos son imputables. No hacen apenas como Standard and Poor’s. No sólo suben el riesgo, sino que nos hacen a todos riesgosos.

Los emboscados quebrantan símbolos. Una hipótesis genérica y totalista sobre la corrupción como gangrena diabólica justifica la emboscadura, la teología folletinesca de los redentores. Un país, este país, si marchase a tener un solo concepto de cuño moralizador rigiendo sus conflictos, convertiría a los ciudadanos en robots salvíficos, sospechando todos de todos, esperando a los mesiánicos libertadores y consumiendo mendrugos de información abaratada. En la era del individualismo posesivo, la idea de que lo que consumimos es miedo y no tiempo, mensajes anónimos y no vida pública, va ganando las ciudades. Los emboscados pueden ganarnos. Un oscurantismo puritanista pero sin verdaderos puritanos dictamina que todo obedece a una metáfora de pudrición de la carne. Cuanto más subida la disgregación de la fe pública, más se impone la idea de corrupción como sospecha metodológica que alcanza alturas del verbo originario. La pregunta por el equivalente dinerario –cuánto cuesta un viaje presidencial, un concierto de rock público, un viaje de músicos– es la inversión absoluta del reino de las viejas teorías sobre la dádiva, el aspecto de gratuidad, ceremonial y artesanía republicana que tienen los actos públicos. ¿Cuánto costó escribir el Facundo? ¿Revisaron los libros de la Imprenta Coni a ver si se pagó lo indebido para publicar el Martín Fierro? ¿Alguien financió el 17 de Octubre? ¿Cuántos platos de lentejas recibieron los que pusieron las patas en la fuente? ¿Cómo pudo pagarse Martínez Estrada el viaje a Cuba si ganaba trescientos pesos? ¿Cuál era el sueldo de Scalabrini dirigiendo la revista Qué? ¿Tenía Leopoldo Lugones una jubilación de privilegio? Los emboscados hacen sus preguntas y empequeñecen la vida cívica. No hay más dones, solo hay mercancías.

Los emboscados consideran que todo el Estado está enredado en los hilos de la putrefacción. Con su mesianismo inclemente hacen retroceder el lenguaje político a las épocas de Savonarola o del Gran Inquisidor. En vez de crear un sentimiento de reparación social que obligue a reconstruir las instituciones públicas con nuevos saberes y críticas reparatorias, no basadas en el fácil escándalo, sino en la capacidad de recrear la política sin tinglados en las sombras, eligen la purificación exasperada, dirigida sobre el pobre ciudadano atrincherado, cuya modesta salvación advendría entonando el credo contra “la época más corrupta de la historia”. La andanada de salmos de los emboscados no contribuye a refundar la necesaria cautela republicana contra los abusos; lleva a la demolición de la institución pública. No otra cosa significa el ataque contra los cantantes populares que en este extenso ciclo histórico se han asociado, por decisión autónoma y convicción social, a los horizontes populares y democráticos, cualesquiera sean. Un artista popular es una conciencia atravesada por los ríos complejos de un momento social. Ellos supieron ser autores de himnos colectivos, recreadores de clásicos olvidados de la lengua musical del país o dieron su voz como sello irreversible, como un bien intangible que fijaba con la mediación del trovador, una queja o una exhortación pública.

Al artista popular lo acechan poderes, dubitaciones constantes sobre su condición de payadores en la era mediática, en el difícil equilibrio entre el compromiso social y el inmediatismo de la política. ¿Quién podría afirmar que los baladistas y cantantes mencionados no representan cabalmente ese drama, convocados por poéticas de vasto arraigo, actuando entre las fronteras de la masividad y de las exigencias de que no sucumba en lo meramente multitudinario el necesario impulso creativo, el timbre original y elevado que debe tener el misal de los desposeídos? Quizá son menos trágicos que Jimi Hendrix o Elvis Presley, cuya filmografía ensayaba en sus comienzos ciertas críticas a la industria cultural. Pero por diferentes motivos se hallan de una manera u otra vinculados con el destino de Charly García, que sumido en hondo drama, lleva el pensamiento sobre el país hacia los límites de la alegoría intensa, a veces arrebatadora, a veces ingenua, casi siempre sobrecogedora. Los monjes de la emboscadura reinante quieren desmerecer a estos músicos con el mecanismo de la indagatoria de trastienda, la seudoinvestigación sobre boletas y comprobantes de vuelo, la vigilancia contable sobre lo que sea, sobre el legado de Violeta Parra o sobre los recuerdos de Antonio Tormo. Los emboscados saben lo que hacen. Esperan su cosecha con la guillotina preparada, esta vez para declarar que se avecina el fin para un ciclo que se llamó de los derechos humanos y que no significa otra cosa que preguntarnos si podemos seguir siendo un país, no una factoría de denuestos.

© 2000-2008 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados

14.9.08

Un laberinto intelectual

Carta Abierta discutió un nuevo documento que será difundido la semana que viene. Intelectuales, artistas y académicos se reunieron ayer en la Biblioteca Nacional para discutir los últimos detalles de su redacción. La mayoría avaló el borrador que circuló por Internet.


Unos trescientos miembros del espacio Carta Abierta, compuesto por intelectuales, artistas y académicos, discutieron ayer en la Biblioteca Nacional su cuarto documento, que se conocerá la semana próxima y se titulará “El laberinto argentino”. La mayoría dio su visto bueno, no sin notas al pie, al borrador que circuló en la web. Las intervenciones incluyeron desde elogios a la abstinencia de cámaras de la banda rockera La Renga, pasando por reclamos de criticar “al corrupto de Jaime” y de no simplificar el lenguaje para TN, hasta ironías sobre el “bloque sojero sindical” de la CTA.

Gran parte de las intervenciones se refirieron a cuál es el rol del espacio en la actual coyuntura. “Carta Abierta no tiene nada que enseñar al pueblo. Se debe hablar con el lenguaje propio, sin travestirse. Ya nos proletarizamos y nos fue mal. Este es un espacio que trabaja con la palabra y, como no estamos dentro de una campana de cristal, ponemos el cuerpo”, explicó un orador. La referencia alude a las manifestaciones de las que participan los miembros del espacio. La próxima, el lunes a las 15, partirá desde Diagonal Norte y 9 de Julio hacia la Embajada de Bolivia. El miércoles marcharán a la Jefatura de Gobierno porteño.

El cantante y compositor Juan “Tata” Cedrón destacó la calidad literaria de los textos difundidos y en elaboración, pero planteó el problema que implica llegar al gran público. “El encanto literario de la carta es un hito político. Pero en un país con tanta autodestrucción, con tantos espacios devorados, pienso cómo ganar la opinión pública. Me sorprendió (el autor volvió del exilio el año pasado) saber que un grupo, La Renga, rechaza aparecer en los medios”, admitió. Cedrón recordó que “la intelectualidad liberal se reunió en Rosario a debatir qué hacer con América latina”, hecho que le recordó el acercamiento de la UCeDé al peronismo. El músico advirtió sobre la necesidad de “anticipar las crisis” y señaló que “el Gobierno todavía no supo ver la crisis de representatividad política de 2001”.

El filósofo Ricardo Forster, uno de los tres miembros de la comisión de redacción junto a Horacio González y Jaime Sorin, también se refirió al valor de la palabra. “Kant mencionó como acontecimientos parteaguas de la humanidad a la Revolución Francesa y al Emilio de Rousseau, 500 páginas densas sobre educación. Sabe que las masas no lo leerán pero ve allí una nueva fraternidad posible. No tenemos un Kant ni un Rousseau pero sí intencionalidad, queremos decir algo que no estaba presente. No hay que simplificar el lenguaje para TN. Los medios lanzaron la palabra al zócalo de la historia. Carta Abierta reclama la posibilidad de pensar sin complacencia la complejidad del drama argentino y latinoamericano”, explicó.

No faltaron críticas al borrador. “Las tres primeras cartas estaban escritas desde el interior de los acontecimientos. La cuarta, desde un escritorio”, fue una de las más duras. Las reacciones no se hicieron esperar. “Lo que cambió entra la primera y la última carta es el proceso político. El diálogo con las centrales sindicales es lo central del momento. Discutir con la CGT o la CTA es tan importante como con los movimientos sociales”, replicaron. González también remarcó que “escribir es estar en la acción, no hay nada contradictorio”.

Uno de los ejes centrales del nuevo documento es la valorización de la política de derechos humanos como “nudo troncal de la época” y la crítica al agravio gratuito de quienes hablan de su “uso” para desconectar el ciclo post 2003 de sus bases expresivas y sus raíces de legitimación profundas. “Hay algo de miserable en quienes critican la política de derechos humanos que es difícil de perdonar”, advirtió un orador.

“La legitimidad es el tema en juego de la política argentina. La carta lo dice pero vacila. Si CGT y CTA cuestionan la movilidad jubilatoria es porque algo hay. Atrás hay decisiones políticas. Falta definir quiénes son los amigos”, fue otro de los cuestionamientos. Tampoco faltaron críticas a funcionarios: “El tema ferrocarriles implica resolver la situación de doce millones de personas que viajan todos los días desde el GBA. Elijamos el modo pero digámoslo: Jaime es un corrupto”.

“Un problema a incorporar es el de la renta urbana”, planteó un arquitecto de la comisión de hábitat. “Vivimos en un mundo construido, aunque los cientistas sociales lo ignoren. Techint tiene 400 hectáreas, desde el Riachuelo hasta Berazategui. Ahí hay un plus de valor que merece retenciones. La renta inmobiliaria es enorme”, reclamó.


Los ejes centrales de la Cuarta Carta Abierta

El borrador de la cuarta Carta Abierta se titula “El laberinto argentino” e intenta desmenuzar la coyuntura en sus diversos contextos. Su elaboración corrió por cuenta de la comisión de redacción del espacio, que integra el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, el filósofo Ricardo Forster y el decano de la Facultad de Arquitectura de la UBA, Jaime Sorin.

El texto destaca que el estado de excepcionalidad se mantiene, plantea que la justicia social sigue siendo un horizonte lejano y admite que el Gobierno alterna audacia y conservadurismo. “Falta elaboración, explicitación y proyección en medidas centrales”, sostienen los intelectuales y citan como ejemplos la estatización de Aerolíneas Argentinas, el pago al Club de París y el debate sobre la movilidad jubilatoria. También incluye críticas al ministro de Justicia, Aníbal Fernández, por imputar delitos a partidos y organizaciones sociales en lugar de reconocer el pésimo estado del transporte público.

“La neoderecha popular-mediática alterna goce de sus reflejos desestabilizadores con reclamo hipócrita de hacer cesar el conflicto”, destacan los autores. Para graficar la complejidad de la época plantean la imagen de miles de personas frente al estanciero Eduardo Miguens cantando “Si este no es el pueblo, el pueblo dónde está”. Concluyen en la existencia de un alarmante déficit de interpretación de la sociedad.

El texto destaca que la autodenominada izquierda insiste en confundir movilización masiva con política popular, en tanto la izquierda real vería en el Gobierno la encarnación de la voz del pueblo, aunque desafinada. Los intelectuales consideran que existe una diferencia conceptual de la era K con respecto a los procesos económicos habituales de coacción y dominación y destacan la necesidad de una genuina base de sustentación popular.

Publicado en Página 12, el 14 de septiembre de 2008

26.8.08

Carta por la libertad de expresión

Comenzó a circular una carta en defensa de la libertad de expresión, a propósito de las críticas y denuestos contra el poeta Héctor Kalamicoy. Éste es el texto que está siendo firmado en Neuquén.


Manifiesto Por...

La libertad de producción y acceso a los bienes culturales

La libertad de pensamiento

La libertad

Quienes estamos ligados/as al quehacer educativo, intelectual, artístico y cultural en general, hacemos público nuestro más enérgico rechazo a cualquier forma de CENSURA Y REPRESIÓN a la libertad de creación y expresión y/o prohibición de la libre circulación y acceso a todas de las formas de producción cultural sean éstas pasadas, presentes o futuras.

Esta manifestación -que pareciera hasta ridícula, atemporal e innecesaria- es en las actuales circunstancias una imperiosa necesidad, en virtud de las exigencias públicas de un grupo de censores, que pretenden retirar de circulación de las escuelas -vía Consejo Provincial de Educación y Legislatura Provincial del Neuquén-, el poemario Introducción a un Feo Lugar de Héctor Kalamicoy, premiado en el concurso Escribiendo en la Patagonia, en el marco del programa Nacional de Lectura del Ministerio de educación de la Nación.

Rechazamos con la misma fuerza todos los agravios e ironías vertidos tanto hacia el autor (recurso fascista) como al estilo de su producción (Hegemonía cultural).

El ejercicio de la censura, que dolorosamente nos recuerda momentos críticos de nuestro país vividos durante la pasada Dictadura militar, sienta un precedente imposible de aceptar por los/as trabajadores/as culturales, máxime en una sociedad que se pretende democrática.

La lectura de toda obra de arte es política.

En la opinión –difundida por los medios- sobre la obra en cuestión se deja en claro un malestar por la crítica al modelo sociopolítico y por el uso de un lenguaje coloquial; por ende, lo que se busca al retirarlo de la circulación es imponer límites a lo decible y a lo indecible en la cultura de la provincia y la imposición de una moral hegemónica.

Creemos que las escuelas son ámbitos de debate y de crítica de la cultura a partir de la circulación de distintas miradas y discursos sociales y artísticos existentes; en los que docentes, padres y madres ponen o debiesen poner a disposición las herramientas necesarias para poder apreciar las distintas y disímiles manifestaciones artísticas.

23.8.08

Política y locura


Por Horacio González *

La locura siempre fue un tema de debate político. Pero también la política es un tema ante el que suele pronunciarse la palabra locura. A veces podría pensarse que existe la política para poder definir qué es la locura. Por eso, la palabra escapa al campo de las psiquiatrías o los estudios de la mente para alojarse en un sentido genérico, que es el modo en que el lenguaje se destruye y perdería su sentido vital. Sin embargo, aun si no se dice nada que posea un significado claro, no por eso estamos locos. “No estamos locos” cuando damos la garantía de que, aun en el enredo de las palabras, no perdimos ni el poder de rectificación ni la cuerda de ironía que permite “retirar todo lo dicho”. La locura no es hablar sin ton ni son –eso lo hacemos todos, todos los días–, sino la culpable incapacidad de revocatoria. La locura es no tener memoria de lo ya hablado, es decir, la pérdida de la facultad de autorreflexión. La capacidad de revocar es una cuerda inherente al habla, un sentimiento que debemos sentir en todos los tratos que emprendemos mediante el lenguaje. Es la garantía de que no hay locura.

En los momentos agudos de crisis social, reflorece la pregunta por la locura. En verdad, la percepción de la crisis aparece como un sinónimo de locura. Lo inadmisible puede ser “locura”. Ante lo desquiciado, solemos tener preparada la fácil expresión: “¡qué locura!”. Es una obvia expresión cotidiana, pero podrá tener luego sus redactores psiquiátricos ofrecidos para la gran reparación política. Resurge entonces el recurso de los presuntos salvadores o terapeutas de urgencia que, en primer lugar, son dictaminadores. Dicen: “hay locura”; “el poder está loco”; “los gobiernos están locos”.

Los médicos lombrosianos de la política, personajes redentores de última hora, deben ser creíbles a la hora de designar a la locura o a los locos. Así como los Estados represivos que habían obstruido su vitalidad social declararon locos a sus opositores apelando al argumentum psiquiatricum, hay un nuevo Parnaso redescubierto por la reacción conservadora. Cuando ésta se recrea como acción de multitudes, se siente más cómoda en el suministro de sensaciones de alarma –la amenaza del miedo, de la locura, del pánico: toman esto de las series de televisión–, que amparando el lenguaje político en sus coordenadas objetivas. La razón que los restauradores ansían comienza por ser un manojo selecto de políticas del miedo. Lo que fascina y se quiere expulsar, la locura, es ahora el otro nombre de la turbación que parecería anidar en la política clásica y sus hipótesis realistas de transformación social, bien o mal expresadas.

Acusar de locura a la política clásica, en todo el mundo, es hoy un percutor técnico de los asesores de las derechas modernistas. Llamo política clásica a la que argumenta bajo el signo del realismo crítico, es decir, la que postula historicidad, herencias, voluntad de transformación y lo moderno como reapropiación colectiva de los nuevos horizontes tecnológicos. En cambio, las derechas renovadas ven todo eso como paleopolítica, gozan de los trastrocamientos, concurren a sus actos masivos como descamisados, confunden “look” con simbología, ven la pureza mística ofendida por cuestiones tributarias y hablan de la “gente” para rechazar el clientelismo sin sentirse en ningún momento como clientela aldeana de las peores formas de la globalización. Todo lo que se opone a esto, ya están seguros, puede denominarse frenesí o demencia. El desmantelamiento de los legados de la ciudad política, con sus baches históricos, está listo. Hay locura, profieren.

Obras teóricas de gran repercusión en los tiempos modernos trataron de diverso modo esta cuestión. Se trataba de ver si los momentos de angustia colectiva o de profunda alteración llevaban también a la pérdida de la razón, al desatino individual. Una ciencia de moda a fines del siglo XIX, una suerte de psiquiatría social novelizada, imaginó que se acrecentaba la locura cuanto más se manifestasen los rasgos de una zozobra histórica. Grandiosamente, el Facundo de Sarmiento había rondado por esas regiones. Luego, un siglo y poquitas décadas después, un sabio francés postuló que la locura era una pieza esencial para pensar la historia de la filosofía, tanto para ir revelando cada momento en que la civilización enclaustraba a su propio ser trastornado como para sugerir, sin terminar de hacerlo nunca –¡ah, Michel!–, que la reposición de la verdad consistiría en considerar la locura como la tragedia necesaria por la que debería pasar la autenticidad de la vida.

De un modo u otro, se resiste a dejar la escena la idea de que la locura es social, un verdadero momento de la historia, el instrumento más fértil para juzgarla. De ahí que esta vigilia de la locura sobre la filosofía pueda tener una intencionada traducción política, tan vulgar como frecuente, tan trivializada como urgente. Es el estigma que los políticos perezosos tienen a su disposición cuando ven la cosa fácil, a punto para la póstuma estocada “restauradora de las leyes”. Las derechas mundiales ya no principian su demolicionismo ofreciendo alternativas económicas, sino de saneamiento mental. Así, Duhalde ha dicho –y luego desdicho: o sea, dicho– que Kirchner parecía Hitler o Mussolini. Esto es, que estaba loco. Locura, aquí, es sinónimo de desmesura, atribución abrupta de nombres impropios, lo horrendo en la historia, lo que surge ya condenado. Desde hace unos meses el pensamiento sobre la locura de los gobernantes es la piedra angular del estilete desestabilizador.

Un ingrediente que excede el desarrollo que puede tener una oposición cabal –que lo debería ser por su fortuna argumentativa, su capacidad de aglutinamiento, su lucidez histórica, sus expectativas de un caudal creciente, lo que fuera– es precisamente el desmontaje específico de una legitimidad inherente a la existencia democrática. Sería lo característico, lo perteneciente a la lógica de los actos políticos de la institución pública, que se abate por obra del argumento mayor del sentido: si hay locura, no puede haber ley. Así, como dice Ignacio Vélez, las neoderechas declaran la legitimidad pública como ilegal y su propia ilegalidad como legítima. Con este retorcimiento, revalorizan la leyenda del espíritu capitalista de los patrones en huelga como si fuera el “mito de la huelga general” que hace un siglo procuraron los activistas del vitalismo revolucionario.

Mientras el Gobierno ronda sobre el antiguo peñasco de la razón de Estado –y esto debe cambiarlo: se entiende lo que quiero decir–, la oposición no está atada a ningún raciocinio, a ningún punto fijo. Actúa como si fuera un “medio de comunicación”, reticular y difusa. Manos libres, traslúcida, movilera, canchera, talante novelero, levedad del ser, bajando de su anaquel decisionista fraseologías de izquierda o de derecha, estatistas o liberales, tanto da, conjeturando una nueva aerolínea del aire o dándole aire a cualquier línea conjeturada.

La noción de locura como acto de degradación de la institución pública, que precisamente se debe exponer a través de la voz gubernativa, es una imputación límite, la pieza final de un ánimo exonerativo. Ha conseguido en una medida importante neutralizar la capacidad estatal de generar creencias colectivas. Ha puesto sitio a la diferencia política que encarnaba el Gobierno. Parece haberlo logrado con una difusa división de trabajo que comienza por quienes en barrios lejanos formulan mediciones de riesgo –digamos, un puñado de ejecutivos de Standard & Poor’s– y los que en suburbios conocidos arrojan de a puñados la idea de que estamos en el punto de riesgo estándar. Hay locura. Así como Néstor Perlongher decía “hay cadáveres”, algo se nos devuelve diciéndose “hay perturbados, hay delirantes”. El ex presidente Duhalde quedó a cargo de esa ulterior formulación.

Es la que habilita que todo sea posible en materia de conflagración o antítesis. El sentimiento de que todo es posible es en verdad un rasgo del totalitarismo. Y esto lo garantiza el arpón que proviene de los sitiadores y sus exorbitantes acopios, ese volumen de lenguaje que no cesa para declarar la mácula, el escarnio, la tara. No hace mucho, un diario opositor publicó un “diagnóstico psiquiátrico” sobre Kirchner. La expresión bipolar –bien calificada por Jorge Pinedo en PáginaI12 como “hazaña gramatical de última generación, capaz de hacer mutar una categoría (nunca al azar) psicológica en diatriba de cabotaje”– aparece como pseudociencia del chiste entre amigos, como golpe en el diccionario y como diccionario golpista. No es posible combatirlo afirmando sólo una razón de Estado que ahora será vista como locura, sino recreando el lenguaje público de la razón crítica, la de los movimientos populares argentinos del siglo XX, aun con su herencia a ser reescrita.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

Publicado en "Página 12", el 23 ago 2008

15.8.08

Documento de Carta Abierta Neuquén

Se difundió esta semana en Neuquén capital el documento firmado por intelectuales, universitarios, artistas, escritores, periodistas y gente de la cultura. El texto se reproduce a continuación.


Carta Abierta Neuquén
Por mayor democracia, producción y mejor distribución de las riquezas

Carta Abierta es un espacio de reflexión y trabajo para quienes comprometidos con el quehacer cultural, científico y social de nuestra región, sentimos la necesidad de avanzar en un camino de recuperación y profundización de nuestra vida democrática como en el reconocimiento de una necesaria distribución de la riqueza, condición indispensable para el sostenimiento de un país justo y digno.

Apelamos a esta convocatoria en el marco de la confrontación política económica y cultural que se ha explicitado en nuestro país y que ha trascendido el tema “del campo”. En estos mas de 140 días se ha puesto de manifiesto la existencia de visiones y modelos de país antagónicos que lejos de plantearse sólo como un debate de ideas, ha tensionado y puesto en discusión principios fundamentales de la república y del estado de Derecho. El enfrentamiento entre los sectores económicos, políticos e ideológicos históricamente dominantes y el gobierno nacional, exacerbado y narrado de manera maniquea por los grandes medios de comunicación, ha puesto de manifiesto el carácter primordial que tiene hoy la reflexión como campo de acción de las ciencias, la política, el arte, la información, la literatura, la acción social, los derechos humanos y todo saber que desde una “palabra crítica” nos permita recuperar el vínculo entre los mundos intelectuales y sociales con la realidad política.

Desde la pluralidad de ideas, por fuera de las organizaciones partidarias y gremiales, y con el acento en una mirada crítica sobre la realidad y sobre los errores cometidos, queremos en este espacio de reflexión dejar sentado nuestras profundas diferencias con la derecha ideológica del mercado que hoy expresada tras la máscaras de las entidades del campo y la de sus aliados circunstanciales, no está dispuesta a resignar su lugar de privilegio. En sentido contrario afirmamos nuestro apoyo a las políticas públicas que expresen de manera efectiva, una mayor y mejor redistribución de la riqueza que tienda a eliminar la exclusión social y deje expedito el camino hacia la participación e igualdad de oportunidades.

También el ámbito provincial resulta objeto de nuestra preocupación y en particular la demanda cada vez más vigorosamente planteada acerca de un modelo político de provincia que deje atrás sesgos autoritarios y hegemónicos, y avance en el terreno de la igualdad y de la participación plural.

Resulta necesario y urgente crear nuevos lenguajes, abrir los espacios de actuación y de interpelación para avanzar en la constitución de una nueva Argentina y de nuevos imaginarios sociales capaces de superar los viejos y fundacionales mitos identitarios. Como se expresa en la Carta publicada el 27 de abril que dio lugar a la conformación de este espacio, “la relación entre la realidad política y el mundo intelectual no ha sido especialmente alentada desde el gobierno nacional y las políticas estatales no han considerado la importancia, complejidad y carácter que tiene la producción cultural. En una situación global de creciente autonomía de los actores del proceso de producción de símbolos sociales, ideas e ideologías, se producen abusivas lógicas massmediáticas que redefinen todos los aspectos se la vida social…”

Es precisamente por todo esto que entendemos como necesaria la interacción entre el mundo intelectual y la política, en tanto nos involucra con las distintas dimensiones de la justicia, la igualdad, la democratización y la producción de nuevas formas simbólicas capaces de expresar las transformaciones de la época.

Primera reunión de Carta Abierta en la región



NEUQUÉN (AN).- Con una charla del economista socialista Humberto Zambón, quedó ayer constituido en Neuquén el espacio Carta Abierta, un ámbito intelectual de debate y reflexión que surgió a raíz del conflicto de sectores agrarios con el gobierno nacional.
La idea es debatir sobre la democracia, la política y el rol del Estado en el contexto de ese conflicto, conscientes de que la intelectualidad argentina creó un hueco en esta materia durante los últimos años.
Anoche, en La Conrado, se realizó el acto de firma del documento fundacional de la conformación neuquina de Carta Abierta.
El espacio surgió en Buenos Aires y se reprodujo en Córdoba y Santa Fe. En Neuquén hubo dos reuniones anteriores.
La convocatoria original fue realizada por los profesores universitarios Enrique Mases y Beatriz Gentile (que es funcionaria de la secretaría de Derechos Humanos de la Nación).
Zambón, Osvaldo Pellín, Osvaldo Calafatti, Alicia Frischknecht, Carlos Reeves, Nora González, Graciela Blanco, Gabriel Rafart, Antonio García, Gustavo García y María Rasetto, son algunos de los que se fueron sumando. El espacio está abierto a más adhesiones.


(Publicado por el diario "Río Negro", el 15 de agosto de 2008)